Puntualizaciones
sobre el amor de transferencia, Sigmund Freud. (Nuevos conceptos sobre las
técnicas del psicoanálisis III), (1915[19914])
Presenta: Daniela Tello
En
el presente discurso se ostentará del texto: puntualizaciones sobre el amor de
transferencia, Sigmund Freud. (Nuevos conceptos sobre las técnicas del
psicoanálisis III), (1915[19914])
El
autor del texto realiza una nota introductoria la cual expone. Acaso todo principiante en el psicoanálisis
tema al comienzo las dificultades que le depararán la interpretación de las
ocurrencias del paciente y la tarea de reproducir lo reprimido. Pero pronto
aprenderá a tenerlas en poco y a convencerse, en cambio, de que las únicas
realmente serias son aquellas con las que se tropieza en el manejo de la
trasferencia. (Freud S. , puntualizaciones sobre el amor de traferencia, (1915[1914]))
Me
refiero al caso en que una paciente mujer deja colegir por inequívocos
indicios, o lo declara de manera directa, que, como cualquier frágil mujer, se
ha enamorado del médico que la analiza. Esta situación tiene sus lados penosos
y cómicos, y también sus lados serios; además, es tan enmarañada y de
condicionamiento tan múltiple, tan inevitable y de solución tan difícil, que su
estudio (adeudado desde hace mucho tiempo) habría llenado una necesidad vital
de la técnica analítica. (Freud S. ,
(1915[1914]))
El
autor del texto nos plantea una realidad que puede ocurrir durante una terapia
la cual dice: “el médico y la paciente se alejan tras enamorarse ella de él; la
cura es resignada. Pero el estado de la paciente pronto vuelve necesario un
segundo intento analítico con otro médico; y hete aquí que de nuevo se enamora
de este segundo médico; y de igual modo, si interrumpe y recomienza, del
tercero, etc”. Este hecho, de segura ocurrencia y que, según es notorio,
constituye una de las bases de la teoría psicoanalítica, admite dos
valoraciones: una para el médico que analiza y otra para la paciente necesitada
del análisis. (Freud S. , (1915[1914]))
Por
lo tanto, para el médico significa un esclarecimiento valioso y una buena
prevención de una contratransferencia acaso aprontada en él. Tiene que
discernir que el enamoramiento de la paciente le ha sido impuesto por la
situación analítica y no se puede atribuir, digamos, a las excelencias de su
persona; que, por tanto, no hay razón para que se enorgullezca de semejante
«conquista», como se la llamaría fuera del análisis. Y siempre es bueno estar
sobre aviso de ello. Para la paciente, en cambio, se plantea una alternativa:
debe renunciar a todo tratamiento psicoanalítico, o consentir su enamoramiento
del médico como un destino inevitable. (Freud S. , (1915[1914]))
Ciertos
médicos que practican el análisis
preparan con frecuencia a sus pacientes mujeres para la aparición de la trasferencia
amorosa, y hasta las exhortan a «enamorarse del médico sólo para que el
análisis marche adelante». (Freud, 1995[1994]). No me resulta fácil imaginarme una técnica más
disparatada. Así se le quita al fenómeno el carácter convincente de lo
espontáneo, y uno se crea obstáculos de difícil remoción.
Es
cierto que a primera vista no parece que del enamoramiento en la trasferencia
pudiera nacer algo auspicioso para la cura. La paciente, aun la más dócil hasta
entonces, ha perdido de pronto toda inteligencia del tratamiento y todo interés
por él, no quiere hablar ni oír más que de su amor, demanda que le sea
correspondido; ha resignado sus síntomas o los desprecios, y hasta se declara
sana. Sobreviene un total cambio de vía de la escena, como un juego dramático
que fuera desbaratado por una realidad que irrumpe súbitamente (p. e¡., una
función teatral suspendida al grito de «¡Fuego!»). (Freud S. , (1915[1914])) . El médico que lo vivencie por primera vez no
hallará fácil mantener la situación analítica y sustraerse del espejismo de que
el tratamiento ha llegado efectivamente a su término.
Luego,
“meditando” un poco, uno se orienta. Concibe una sospecha: “cuanto estorbe proseguir
la cura puede ser la exteriorización de una resistencia. Y en el surgimiento de
esa apasionada demanda de amor la resistencia tiene sin duda una participación grande”.
Es que desde hacía tiempo uno había observado en la paciente los signos de una trasferencia
tierna, y con acierto pudo imputar a esa actitud frente al médico su docilidad,
su favorable acogida a las explicaciones del análisis, su notable comprensión y
la elevada inteligencia que así demostraba. Todo ello ha desaparecido como por
encanto: la enferma ya no intelige nada, parece absorta en su enamoramiento, y
semejante mudanza sobreviene con toda regularidad en un punto temporal en que
fue preciso alentarla a admitir o recordar un fragmento muy penoso y
fuertemente reprimido de su biografía. (Freud S. , (1915[1914]))
Es
importante recordar, que siempre el enamoramiento existía, solo que la
resistencia empezó a servirse de el para
inhibir la prosecución de la cura; a alejar el trabajo de todo interés, y
trasformar al medio analista en un penoso desconcierto.
Ahora
bien, ¿de qué modo debe comportarse el analista para no fracasar en esta
situación, sí es cosa para él decidida que la cura tiene que abrirse paso a
pesar de esta trasferencia amorosa y a través de ella?
El
autor (Freud S. , (1915[1914])) ; postula que el
analista jamás tiene derecho a aceptar la ternura que se le ofrece ni a
responder a ella. Y que, al contrario, debería considerar llegado el momento de
abogar ante la mujer enamorada por el reclamo ético y la necesidad de la
renuncia, conseguir que abandone su apetencia y, venciendo la parte animal de
su yo, prosiga el trabajo analítico.
De modo que, la técnica analítica impone al
médico el mandamiento de denegar a la paciente menesterosa de amor la
satisfacción apetecida. La cura tiene que ser realizada en la abstinencia; sólo
que con ello no me refiero a la privación corporal, ni a la privación de todo
cuanto se apetece, pues quizá ningún enfermo lo toleraría. Lo que yo quiero es
postular este principio: hay que dejar subsistir en el enfermo necesidad y
añoranza como unas fuerzas pulsionantes del trabajo y la alteración, y
guardarse de apaciguarlas mediante subrogados. Es que uno no podría ofrecer
otra cosa que subrogados, puesto que la enferma, a consecuencia de su estado y
mientras no hayan sido levantadas sus represiones, será incapaz de lograr una
efectiva satisfacción. (Freud S. ,
(1915[1914]))
Es
verdad que este intento de mantener el amor de trasferencia sin satisfacerlo
fracasará con una clase de mujeres.
Son aquellas de un apasionamiento elemental
que no tolera subrogados, criaturas de la naturaleza que no quieren tomar lo
psíquico por lo material; que, según palabras del poeta, solo son accesibles a
«lógica de sopas y argumentos de albóndigas. Con tales personas se está frente
a una opción: mostrarles correspondencia de amor, o bien cargar con toda la
hostilidad de la mujer desairada. Y en ninguno de ambos casos puede uno
percibir los intereses de la cura. Es preciso retirarse sin obtener el éxito, y
acaso pueda uno preguntarse cómo se compadece la aptitud para la neurosis con
una necesidad de amor tan inexorable.
Para
culminar cito la pregunta expuesta en el texto la cual indica ¿acaso de hecho
no cabe llamar real al enamoramiento que deviene manifiesto en la cura
analítica? El autor del texto (Freud S. , (1915[1914])) las responde
realizando dos argumentaciones la primera
es la participación de la resistencia en el amor de trasferencia es
indiscutible y muy considerable. Sin embargo, la resistencia no ha creado este
amor; lo encuentra ahí, se sirve de él y exagera sus exteriorizaciones. Y el
carácter genuino del fenómeno tampoco es despotenciado por la resistencia, la
segunda dice es verdad que este
enamoramiento consta de reediciones de rasgos antiguos, y repite reacciones
infantiles. Pero ese es el carácter esencial de todo enamoramiento. Ninguno hay
que no repita modelos infantiles. Justamente lo que constituye su carácter
compulsivo, que recuerda a lo patológico, procede de su condicionamiento
infantil.
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