sábado, 11 de marzo de 2017



Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, Sigmund Freud. (Nuevos conceptos sobre las técnicas del psicoanálisis III), (1915[19914])

Presenta: Daniela Tello

En el presente discurso se ostentará del texto: puntualizaciones sobre el amor de transferencia, Sigmund Freud. (Nuevos conceptos sobre las técnicas del psicoanálisis III), (1915[19914])
El autor del texto realiza una nota introductoria la cual expone.  Acaso todo principiante en el psicoanálisis tema al comienzo las dificultades que le depararán la interpretación de las ocurrencias del paciente y la tarea de reproducir lo reprimido. Pero pronto aprenderá a tenerlas en poco y a convencerse, en cambio, de que las únicas realmente serias son aquellas con las que se tropieza en el manejo de la trasferencia. (Freud S. , puntualizaciones sobre el amor de traferencia, (1915[1914]))
Me refiero al caso en que una paciente mujer deja colegir por inequívocos indicios, o lo declara de manera directa, que, como cualquier frágil mujer, se ha enamorado del médico que la analiza. Esta situación tiene sus lados penosos y cómicos, y también sus lados serios; además, es tan enmarañada y de condicionamiento tan múltiple, tan inevitable y de solución tan difícil, que su estudio (adeudado desde hace mucho tiempo) habría llenado una necesidad vital de la técnica analítica. (Freud S. , (1915[1914]))
El autor del texto nos plantea una realidad que puede ocurrir durante una terapia la cual dice: “el médico y la paciente se alejan tras enamorarse ella de él; la cura es resignada. Pero el estado de la paciente pronto vuelve necesario un segundo intento analítico con otro médico; y hete aquí que de nuevo se enamora de este segundo médico; y de igual modo, si interrumpe y recomienza, del tercero, etc”. Este hecho, de segura ocurrencia y que, según es notorio, constituye una de las bases de la teoría psicoanalítica, admite dos valoraciones: una para el médico que analiza y otra para la paciente necesitada del análisis. (Freud S. , (1915[1914]))
Por lo tanto, para el médico significa un esclarecimiento valioso y una buena prevención de una contratransferencia acaso aprontada en él. Tiene que discernir que el enamoramiento de la paciente le ha sido impuesto por la situación analítica y no se puede atribuir, digamos, a las excelencias de su persona; que, por tanto, no hay razón para que se enorgullezca de semejante «conquista», como se la llamaría fuera del análisis. Y siempre es bueno estar sobre aviso de ello. Para la paciente, en cambio, se plantea una alternativa: debe renunciar a todo tratamiento psicoanalítico, o consentir su enamoramiento del médico como un destino inevitable. (Freud S. , (1915[1914]))
Ciertos médicos que  practican el análisis preparan con frecuencia a sus pacientes mujeres para la aparición de la trasferencia amorosa, y hasta las exhortan a «enamorarse del médico sólo para que el análisis marche adelante». (Freud, 1995[1994]).  No me resulta fácil imaginarme una técnica más disparatada. Así se le quita al fenómeno el carácter convincente de lo espontáneo, y uno se crea obstáculos de difícil remoción.
Es cierto que a primera vista no parece que del enamoramiento en la trasferencia pudiera nacer algo auspicioso para la cura. La paciente, aun la más dócil hasta entonces, ha perdido de pronto toda inteligencia del tratamiento y todo interés por él, no quiere hablar ni oír más que de su amor, demanda que le sea correspondido; ha resignado sus síntomas o los desprecios, y hasta se declara sana. Sobreviene un total cambio de vía de la escena, como un juego dramático que fuera desbaratado por una realidad que irrumpe súbitamente (p. e¡., una función teatral suspendida al grito de «¡Fuego!»). (Freud S. , (1915[1914])).  El médico que lo vivencie por primera vez no hallará fácil mantener la situación analítica y sustraerse del espejismo de que el tratamiento ha llegado efectivamente a su término.
Luego, “meditando” un poco, uno se orienta. Concibe una sospecha: “cuanto estorbe proseguir la cura puede ser la exteriorización de una resistencia. Y en el surgimiento de esa apasionada demanda de amor la resistencia tiene sin duda una participación grande”. Es que desde hacía tiempo uno había observado en la paciente los signos de una trasferencia tierna, y con acierto pudo imputar a esa actitud frente al médico su docilidad, su favorable acogida a las explicaciones del análisis, su notable comprensión y la elevada inteligencia que así demostraba. Todo ello ha desaparecido como por encanto: la enferma ya no intelige nada, parece absorta en su enamoramiento, y semejante mudanza sobreviene con toda regularidad en un punto temporal en que fue preciso alentarla a admitir o recordar un fragmento muy penoso y fuertemente reprimido de su biografía. (Freud S. , (1915[1914]))
Es importante recordar, que siempre el enamoramiento existía, solo que la resistencia empezó a servirse de el  para inhibir la prosecución de la cura; a alejar el trabajo de todo interés, y trasformar al medio analista en un penoso desconcierto.
Ahora bien, ¿de qué modo debe comportarse el analista para no fracasar en esta situación, sí es cosa para él decidida que la cura tiene que abrirse paso a pesar de esta trasferencia amorosa y a través de ella?
El autor (Freud S. , (1915[1914])); postula que el analista jamás tiene derecho a aceptar la ternura que se le ofrece ni a responder a ella. Y que, al contrario, debería considerar llegado el momento de abogar ante la mujer enamorada por el reclamo ético y la necesidad de la renuncia, conseguir que abandone su apetencia y, venciendo la parte animal de su yo, prosiga el trabajo analítico.
 De modo que, la técnica analítica impone al médico el mandamiento de denegar a la paciente menesterosa de amor la satisfacción apetecida. La cura tiene que ser realizada en la abstinencia; sólo que con ello no me refiero a la privación corporal, ni a la privación de todo cuanto se apetece, pues quizá ningún enfermo lo toleraría. Lo que yo quiero es postular este principio: hay que dejar subsistir en el enfermo necesidad y añoranza como unas fuerzas pulsionantes del trabajo y la alteración, y guardarse de apaciguarlas mediante subrogados. Es que uno no podría ofrecer otra cosa que subrogados, puesto que la enferma, a consecuencia de su estado y mientras no hayan sido levantadas sus represiones, será incapaz de lograr una efectiva satisfacción. (Freud S. , (1915[1914]))
Es verdad que este intento de mantener el amor de trasferencia sin satisfacerlo fracasará con una clase de mujeres.
 Son aquellas de un apasionamiento elemental que no tolera subrogados, criaturas de la naturaleza que no quieren tomar lo psíquico por lo material; que, según palabras del poeta, solo son accesibles a «lógica de sopas y argumentos de albóndigas. Con tales personas se está frente a una opción: mostrarles correspondencia de amor, o bien cargar con toda la hostilidad de la mujer desairada. Y en ninguno de ambos casos puede uno percibir los intereses de la cura. Es preciso retirarse sin obtener el éxito, y acaso pueda uno preguntarse cómo se compadece la aptitud para la neurosis con una necesidad de amor tan inexorable.
Para culminar cito la pregunta expuesta en el texto la cual indica ¿acaso de hecho no cabe llamar real al enamoramiento que deviene manifiesto en la cura analítica? El autor del texto (Freud S. , (1915[1914])) las responde realizando dos argumentaciones la primera  es la participación de la resistencia en el amor de trasferencia es indiscutible y muy considerable. Sin embargo, la resistencia no ha creado este amor; lo encuentra ahí, se sirve de él y exagera sus exteriorizaciones. Y el carácter genuino del fenómeno tampoco es despotenciado por la resistencia, la segunda dice  es verdad que este enamoramiento consta de reediciones de rasgos antiguos, y repite reacciones infantiles. Pero ese es el carácter esencial de todo enamoramiento. Ninguno hay que no repita modelos infantiles. Justamente lo que constituye su carácter compulsivo, que recuerda a lo patológico, procede de su condicionamiento infantil.


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